Desvaríos de:

El precio de la soledad (Segunda Parte)

Leonel procuraba que todo deseo que saliera de la menuda boca de Argelia se cumpliera. Acariciaba su oscuro cabello hasta que el olor de éste, se impregnara en sus robustas manos. La besaba en la frente con exagerada delicadeza. Miraba las finas facciones del rostro de Argelia y de vez en vez las delineaba con su dedo grueso y áspero. Pensaba en ella cada minuto del día, inclusive a la hora del ajuste de cuentas. Leonel le platicaba todo lo que le pasaba por la mente. Por supuesto, Argelia fue el único ser humano que escuchó todo lo que Leonel tenía que decir, todo lo que él era.

Argelia cada día estaba más aburrida. Al principio compartió la pasión desbordada por el idilio, pero poco a poco le iba perdiendo interés. Veía a Leonel escasos días al mes. Cuando al fin estaban juntos, no pasaban más de veinte minutos sin sonar un teléfono móvil, llamadas que se prolongaban más de lo que Argelia era capaz de tolerar. Apenas Leonel sospechó del creciente desinterés de Argelia, se la llevó de viaje para que conociera la nieve, la llenó de regalos costosos y trató de aumentar días dedicados sólo a ella.

Cerca del otoño, el comandante Magaña estaba en difíciles condiciones, pues uno de los grupos en los que más confiaba, lo habían vendido por partes, al tercio de policía federal que no dominaba y a los pocos enemigos que tenía. Decidió refugiarse en una de sus propiedades más queridas. El rancho San Antonio, era orgullo de Leonel. Sólo siete personas conocían su ubicación: cinco lugareños que se encargaban del mantenimiento y servicio del rancho, su colosal asistente y él. No existían redes de comunicación.  Solamente se llegaba a San Antonio por aire, debido a la indómita cordillera que lo encerraba. San Antonio era una propiedad de ensueño. Tan opulenta que se podría creer que la quería para presumir.

Llevaba confinado más de dos meses en el lugar, cuando sus temores fundados lo llevaron a pedir al macizo ayudante que trajera a su lado a su querida Argelia. Al ver la inmensa extensión de tierra con caballerizas, bosque privado, llanura y la casa más bonita que en su vida se había imaginado, Argelia no hizo más que un imperceptible gesto de asombro.

- Son más de veinte hectáreas señorita – dijo el fornido y leal esclavo del comandante Magaña.

Pasaron unas cuantas semanas y la lluvia hizo más lento el paso del tiempo en San Antonio. El cielo ya no era lo único que se nublaba por aquellos días. Argelia comenzaba a preguntarse si amaba a Leonel. Tal vez la claustrofobia, tal vez la monotonía. Una tarde en el salón de juegos, él la miraba con su acostumbrada devoción.

-¿Qué tanto piensa mi niña?- preguntó Leonel mientras recogía un mechón de cabello del rostro de Argelia.

-Me preguntaba si en realidad te amo -contestó Argelia sin mirarlo.

Fue peor la reacción ante esa frívola respuesta, que cuando se enteró de la traición que lo tenía ahí atrapado con la mujer que más amaba, y ahora que más odiaba en el mundo. La sujetó por el cabello que tanto idolatraba. La sutileza se transformó en bestialidad.

-Repíteme lo que dijiste- le bramó con el rostro enrojecido de furia.

Evidentemente el comandante Magaña había perdido los estribos. Argelia lo miró fijamente, justo como la primera vez, sin decir ni una palabra. Esto hizo que el comandante Magaña aflojara el puño hasta que la soltó. Leonel soltó a llorar. Se le oía balbucear

-¡Yo todo le he dado!… ¡Bien sabe que es mi vida!… ¡Por qué no puedo ser feliz!-  Argelia presenciaba tal momento de vulnerabilidad, como si estuviera viendo un jarrón en un museo. Leonel se incorporó, dio tres pasos para acercarse a ella, sacó de su cinturón su nueve milímetros y le apuntó justo a la altura de la cabeza. El corazón de Argelia latió con increíble fuerza pero no parpadeó.

-¿No merezco ser feliz?… ¿No?- Fue lo último que dijo Leonel aún entre lágrimas. En un giro inesperado, Leonel colocó el arma en su desquiciada sien y disparó. Cayó de bruces a los pies de Argelia. Ése era justo el lugar donde Leonel siempre había estado. Argelia recogió el arma del suelo. Ninguno de los dos habían tenido despejados sus pensamientos esa tarde. Era claro que lo mejor para ella sería el mismo trágico final. Con un fuerte estruendo se abrió la puerta. El hombrezote en el umbral miró perplejo a su jefe muerto y a la pequeña mujer sosteniendo el arma. Sin pensarlo y por inercia Argelia apuntó con el arma al sujeto.

-¡Por favor no dispare!- dijo el espantado hombrecillo levantando las manos ridículamente- ¡Haré todo lo que me diga usted señorita!- Leonel Magaña fue enterrado en San Antonio. Nunca nadie supo su muerte. Argelia resolvió seguir con el negocio. Encontró la forma de acabar con tan sólo un hombre, que era la cabecilla de la rebelión contra el comandante Magaña. Pagó lo suficiente y lo necesario, a uno de los escoltas del mencionado agitador. Argelia aprendió, que en el negocio cualquier lealtad, o la falta de ésta, tenía su precio en dólares. Eternamente acompañada por el fiel criado de desmesuradas proporciones, Argelia se presentaba ante los capos, como delegada del comandante Magaña. Ella decidía qué se vendía, a quién se le vendía y por dónde se vendía. Mucho tiempo pasó desapercibida, por los constantes rumores de que se vio al comandante Magaña en tal o cual sierra. Después de muerto siguió torturando por años hasta que se dieron cuenta que efectivamente tenían un largo tiempo sin verlo. Se crearon leyendas. Que si vivía en Europa, que si se operó la cara. Alguno que otro aventurado que pensó en su muerte, la imaginaban en alguna balacera, en las manos de algún colombiano o en una fatal sobredosis. Pero no cuestionaron el mandato de Argelia, que se había convertido en la reencarnación del comandante Magaña.

Argelia, solía visitar con frecuencia San Antonio.

Observaba la lápida de Leonel durante largas horas.

-Ahora soy yo la que transpira soledad – susurraba Argelia mientras se enjugaba minúsculas lágrimas más atrevidas que ella.

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  • Nefer ±

    La soledad se acaba con la bipolaridad disociada…

  • http://jjta-poemas.blogspot.com/ kolonoskopia

    Oh :-o inche magaña… mujeres, mujeres, a cualquiera vuelven loco con sus poderes.

  • http://www.yahoo.com/ el protector de los hongos

    o_O yo conozco a una Argelia…